Cape Reinga lighthouse, el faro que alumbra Nueva Zelanda

18 de Mayo de 2011
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El faro Cape Reinga alumbrado por el sol, iluminando en mar de Tasmania

El faro Cape Reinga alumbrado por el sol, iluminando en mar de Tasmania

Contra más viajas, más mundo ves. Comienzan las comparaciones, empiezas a decir que esto es como aquello y que aquello no es como esto. Esto se parece a pero no es igual a. Ese a significa mucho, mucho más de lo que un alfiler puede representar en un mapa vacío. Los edificios impresionan. Ahí están las iglesias románicas, las catedrales góticas, las basílicas renacentistas, los palacios barrocos, las casas modernistas de la nobleza. Todos los monumentos desperdigados, haciendo del mundo un puzzle arquitectónico imposible de terminar. Donde juntar sus piezas es una quimera ficticia, un rompecabezas inexpugnable.

Los paisajes son diferentes, no son obra de nadie. Más bien son ellos mismos los que a través de su pericia han dado forma a su rostro. Como en la arquitectura, también han bebido de las influencias de su tiempo, tomando como referencia el clima, las presiones o los temblores de tierra. Hablar del pasado siempre es más complicado que hacerlo del presente. Por suerte, se encuentran excepciones en nuestro viaje: Cape Reinga Lighthouse, Nueva Zelanda.

Aquí no hay medias tintas. No existe el blanco ni el negro. Desaparecen y dejan paso a todas sus conjugaciones, a todos sus tiempos verbales que encuentran a su paso. Los verdes son intensos, brillantes, poderosos en su terreno. El blanco de las nubes es intenso, tan impactante que resulta sarcástico al verlas ataviadas con vestiduras rasgadas. Los aviones buscan dejar la misma estela en el horizonte, las mismas formas, la misma textura. No pueden. No tienen ese privilegio.

La vegetación invade Cape Reinga en la región Northern de Nueva Zelanda

La vegetación invade Cape Reinga en la región Northern de Nueva Zelanda

Nos encontramos en la región Northern de la isla Norte de Nueva Zelanda. No es el punto más norteño del país, ni falta que le hace para ser uno de los más recordados. Respiramos aire limpio, para nada contaminado, ajenos a unos turistas que no vienen por la simple razón de que para llegar hasta aquí debes vivir aquí. No es un destino turístico para una escapada de luna de miel, tampoco para un alto en el camino en nuestra particular vuelta al mundo. Está a cientos de kilómetros de Auckland y no os espera nada en particular. Sólo un faro, solo, anclado en una tierra que le vio nacer, alumbrando con orgullo el mar de Tasmania.

Existen únicamente dos carreteras en esta última parte de la isla, una de las más despobladas. Uno de los dos caminos a la soledad, al reencuentro con aquello que hayas perdido en el viaje, recorre la costa a lo largo de 90 millas de asfalto compuesto por arena. Sin radares de velocidad, sin quitamiedos; con el remanso del agua recordándonos que no estamos solos, sino unidos. La otra calzada divide en dos la península; es afilada, mordaz, convertida en el acero de una espada toledana.

Hace unas semanas os hablamos de la gran duna de Pyla en Francia, la más grande de Europa. En Cape Reinga tenemos otra, mucho menos conocida pero no por ello igual de majestuosa. Se llama Te Paki y no es más que la punta de un iceberg de arena que se extiende por la costa. Una de tantas hermanas, que como ella, desafía la fuerza de la gravedad subiendo peldaños al cielo y alcanzando alturas cercanas a los 100 metros. Desde lo alto, desde las alturas donde el hombre no ha tomado parte, nos podemos lanzar ladera abajo con nuestra tabla de surf. De panza, boca arriba, boca abajo, rememorando que una vez fuimos niños y que cuando lo éramos el mundo era más feliz, más justo y equitativo.

Las increíbles dunas de Te Paki se encuentran a pocos kilómetros de distancia

Las increíbles dunas de Te Paki se encuentran a pocos kilómetros de distancia

La vida puede ser maravillosa, o no, pero no hay duda alguna de que el mundo en el que vivimos sí lo es. Esconde rincones llenos de fuerza, de coraje ante las adversidades, de valiente arrogancia frente a las inclemencias externas. Si nos quedamos sentados en casa frente al televisor está claro que no lo descubriremos. Únicamente contemplaremos lo que se quiere que veamos.

No hace falta recorrer el mundo para ver maravillas. Se esconden a pocos kilómetros de tu pueblo, de tu ciudad, de la costa que te vio nacer, del valle que te cansaste de caminar. Tened fe, Hiperión os guiará en el camino.

Más información | Wikipedia (en inglés)
Fotografías | Cómo Ser Un Kiwi
A vista de pájaro | Google Maps

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