Islandia
Géiseres, volcanes, cascadas y auroras boreales hacen de Islandia un planeta aparte. Descubre qué ver en la ruta circular y cómo adaptar tu viaje a cada estación del año.
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Islandia cabe en una frase: agua, hielo y fuego peleando por el mismo paisaje. A poca distancia de Reikiavik, el Círculo de Oro reúne tres paradas imprescindibles. En Þingvellir caminas por la grieta donde se separan las placas tectónicas de Norteamérica y Eurasia, en el mismo lugar donde se reunió un parlamento vikingo hace más de mil años. En Geysir, el géiser Strokkur lanza su chorro de agua hirviendo cada pocos minutos, y Gullfoss se precipita en dos saltos hacia un cañón que levanta nubes de vapor.
La carretera de circunvalación es el hilo conductor de cualquier viaje. Hacia el este, Seljalandsfoss deja pasar por detrás de su cortina de agua y Skógafoss atrona con un arcoíris casi fijo. La playa negra de Reynisfjara impresiona por sus columnas de basalto, pero ten mucho cuidado: sus olas traicioneras pueden arrastrarte, así que no te acerques a la orilla. Más adelante, en Jökulsárlón, los icebergs del glaciar Vatnajökull flotan en una laguna antes de llegar al mar.
Entre septiembre y abril, las noches oscuras permiten perseguir auroras boreales si el cielo acompaña. En junio pasa lo contrario: el sol de medianoche alarga el día casi sin descanso. En cualquier época, sumergirse en una piscina geotermal al aire libre es el gran placer local. En el norte, el lago Mývatn añade paisajes volcánicos y fumarolas de olor intenso, y Húsavík es famosa por el avistamiento de ballenas.
Dedica al menos una semana a la costa sur y unos diez días a la vuelta completa. Consulta a diario la previsión meteorológica y el estado de las carreteras, sobre todo en invierno: una ventisca puede cerrar un tramo sin apenas aviso. Las pistas de las Tierras Altas exigen un todoterreno y solo abren en verano. En Reikiavik, sube a la torre de la Hallgrímskirkja y prueba el skyr y un guiso de cordero.