Croacia
Dubrovnik, Split, las islas dálmatas y los lagos de Plitvice explican el éxito de Croacia. Descubre qué ver y cómo organizar una ruta por la costa del Adriático.
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Pocos países europeos concentran tanta belleza en una costa. Croacia enlaza murallas medievales, ruinas romanas, más de mil islas y un agua de un azul que parece retocado. Con una semana puedes recorrer Dalmacia con calma; con diez días, añadir Istria o el interior.
Camina al atardecer por las murallas de Dubrovnik, con los tejados naranjas a un lado y el Adriático al otro, y baja luego a la calle Stradun, pavimentada en piedra pulida. Split es diferente, y quizá más sorprendente: su casco histórico creció dentro del palacio del emperador Diocleciano, de modo que hay bares, tiendas y casas entre muros de hace diecisiete siglos. Sube al campanario de San Duje para entenderlo desde arriba.
Coge un ferri y déjate llevar. Hvar combina un puerto animado con campos de lavanda y calas de agua transparente. Korčula, con su trazado en espina de pez, se atribuye el nacimiento de Marco Polo. Aún más al norte, Zadar sorprende con el Órgano de Mar, unas escaleras de piedra que hacen sonar las olas. Y si te apetece una postal romántica, busca el islote de Galešnjak, la isla con forma de corazón.
Tierra adentro, los lagos de Plitvice son dieciséis láminas de agua turquesa unidas por cascadas que se recorren sobre pasarelas de madera; madruga, porque en temporada alta se llenan. El Parque Nacional Krka, más cerca de Split, es una buena alternativa. En el norte, Rovinj se asoma al mar con sus casas de colores y prepara el camino hacia una Istria de trufas, aceite y pueblos en lo alto de las colinas.
Mayo, junio y septiembre son los meses ideales: buen tiempo, mar templado y menos multitudes que en agosto. Las playas suelen ser de guijarros, así que unos escarpines se agradecen. Antes de irte, prueba la peka, un guiso de carne o pulpo cocinado lentamente bajo una campana de hierro cubierta de brasas.