Bolivia
El salar de Uyuni, el lago Titicaca y las calles de La Paz muestran por qué viajar a Bolivia deja huella. Descubre un país andino y amazónico de culturas vivas, paisajes extremos y rutas inolvidables.
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Pocos países concentran tanto contraste en tan poco trayecto como Bolivia: desiertos de sal, ciudades coloniales encaladas, mercados aimaras y selva a pocas horas del altiplano. Viajar a Bolivia exige algo de paciencia y recompensa con creces.
Más de diez mil kilómetros cuadrados de sal blanca a unos 3.650 metros de altitud. En la estación seca caminas sobre un suelo de hexágonos perfectos; con las lluvias de principios de año, una lámina de agua convierte la llanura en un espejo donde cielo y tierra se confunden. La isla Incahuasi, cubierta de cactus gigantes, y las lagunas de colores del Sur Lípez, con sus flamencos, completan la ruta.
Desde Copacabana, una barca te lleva a la Isla del Sol, tierra sagrada para los incas, con senderos entre terrazas de cultivo y vistas a un lago que parece mar. En La Paz, la ciudad se derrama por un cañón gigantesco: súbete al teleférico urbano para verla desde arriba, pasea por el Mercado de las Brujas y acércate al Valle de la Luna, un laberinto de arcilla erosionada.
Sucre, capital constitucional, enamora con sus fachadas blancas y la Casa de la Libertad, donde se firmó la independencia. Potosí muestra la cara dura de la historia en las minas del Cerro Rico, y los más aventureros bajan en bicicleta el antiguo camino de los Yungas, del frío altiplano al verdor subtropical. Para reponer fuerzas, nada como una salteña jugosa a media mañana.
De mayo a octubre tendrás cielos despejados y noches muy frías; entre enero y marzo llega el efecto espejo, aunque algunas carreteras se complican. Tómate los primeros días con calma: la altitud se nota, así que camina despacio, bebe mucha agua y deja margen en el itinerario.