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Rumanía

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Los Cárpatos, los pueblos sajones de Transilvania y los monasterios pintados de Bucovina marcan un viaje a Rumanía. Descubre qué ver en este país lleno de leyendas.

Artículos sobre Rumanía

Bosques donde aún viven osos, iglesias pintadas, ciudades sajonas y un delta salvaje en el mar Negro: Rumanía sigue siendo uno de los países más sorprendentes y menos trillados de Europa. Te contamos qué ver en Rumanía para aprovechar el viaje.

Transilvania, mucho más que Drácula

El castillo de Bran atrae por su leyenda literaria, aunque poco tiene que ver con Vlad el Empalador. Lo mejor de la región está en sus ciudades fundadas por colonos sajones: Brașov, a los pies del monte Tâmpa y con su Iglesia Negra; Sibiu, cuyas buhardillas parecen ojos que observan desde los tejados; y Sighișoara, con una ciudadela medieval de torres y escaleras cubiertas. Cerca de Sinaia, el castillo de Peleș deslumbra con sus interiores de madera tallada.

Bucovina y Maramureș, la Rumanía rural

En el noreste, los monasterios pintados cubren sus muros exteriores de escenas bíblicas: el azul de Voroneț es célebre y Sucevița se protege tras una muralla. Maramureș, más al norte, conserva iglesias de madera con agujas altísimas, carros de caballos y el curioso Cementerio Alegre de Săpânța, con cruces azules y epitafios humorísticos.

Qué hacer en Rumanía si te gusta la naturaleza

Conducir por la carretera Transfăgărășan, abierta solo en los meses cálidos, es una experiencia en sí misma, con curvas y lagos glaciares en los Cárpatos. El delta del Danubio, uno de los grandes humedales del continente, se recorre en barca entre pelícanos y cañaverales. En Bucarest, por contraste, el Palacio del Parlamento recuerda con su tamaño descomunal los delirios de la era de Ceaușescu.

Consejos para el viaje

Mayo, junio y septiembre son los mejores meses para viajar a Rumanía, con buen clima y prados en flor. Si vas a recorrer el país, plantéate alquilar coche, porque las distancias llevan más tiempo del que marca el mapa. Y siéntate a la mesa: los sarmale, rollitos de col rellenos, con mămăligă de maíz, y unos papanași de postre son el mejor homenaje tras una jornada de ruta.