Suiza
Alpes, lagos cristalinos, trenes panorámicos y ciudades impecables hacen de Suiza un destino de postal. Descubre qué ver, las mejores rutas y cuándo viajar a cada región.
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Suiza tiene fama de país caro y perfecta, y lo segundo se cumple: trenes puntuales que trepan entre glaciares, lagos de agua limpísima y pueblos que parecen recién pintados. En un territorio pequeño cabe una variedad de paisajes asombrosa.
Entre los lagos de Thun y Brienz, Interlaken es el campo base perfecto para los Alpes berneses. Desde allí, un tren te sube al valle de Lauterbrunnen, con decenas de cascadas que caen por paredes verticales, y a Mürren, un pueblo sin coches colgado frente al Eiger, el Mönch y la Jungfrau. El Jungfraujoch, con su estación ferroviaria a gran altura, es la gran excursión de la zona si el día sale despejado.
Sin coches de combustión y a los pies del Cervino, Zermatt es el sueño de cualquier amante de la montaña. Sube al mirador de Gornergrat al amanecer para ver la pirámide teñirse de naranja. De aquí parte el Glacier Express, el tren panorámico que atraviesa puertos, viaductos y gargantas hasta St. Moritz: un día entero mirando por la ventana sin el menor aburrimiento.
Lucerna, con su puente de madera de la Capilla y el lago a los pies del monte Pilatus, es seguramente la ciudad más encantadora del país. Berna guarda un casco medieval de soportales junto a un meandro del Aar, y a orillas del lago Lemán te esperan el castillo de Chillón, las terrazas de viñedos de Lavaux y el célebre chorro de agua de Ginebra.
Entre junio y septiembre puedes caminar por senderos impecablemente señalizados y bañarte en los lagos; de diciembre a marzo llega el esquí, y el otoño tiñe los alerces de oro. Antes de salir, compara los pases de transporte, porque suelen compensar si te mueves mucho. Y en cualquier refugio, pide una fondue, una raclette o unos rösti: el queso es aquí casi una religión nacional.