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Mercados, iglesias árabe-normandas y mucho carácter. Descubre qué ver en Palermo, la capital de Sicilia.
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Palermo fue una encrucijada de pueblos, y su mejor herencia nace de la mezcla entre árabes, bizantinos y normandos. La Capilla Palatina, dentro del Palacio de los Normandos, resume ese encuentro: mosaicos dorados y un techo de madera decorado al estilo islámico. La catedral, con sus añadidos de varias épocas, y las iglesias de la Martorana y San Cataldo, con sus cúpulas rojas, forman parte del mismo itinerario, reconocido como Patrimonio de la Humanidad. No muy lejos, en lo alto de un monte, el claustro y los mosaicos de la catedral de Monreale justifican media jornada.
Para sentir el pulso de la ciudad, entra en Ballarò o en el Capo, con sus vendedores gritando el género entre pirámides de fruta, pez espada y especias. La comida callejera aquí es casi religión: pide arancine, las bolas de arroz fritas, panelle de harina de garbanzo y, para los valientes, pani ca meusa. Reserva sitio para un cannolo relleno de ricotta. Es lo mejor de Sicilia en un papel.
Empieza en los Quattro Canti, el cruce barroco que divide los barrios históricos, y sigue hasta la plaza Pretoria y su fuente de estatuas desnudas. El Teatro Massimo, uno de los mayores teatros de ópera de Europa, aparece en la secuencia final de El padrino III. Para una visita inolvidable y algo inquietante, baja a las catacumbas de los Capuchinos, donde miles de cuerpos momificados y vestidos se alinean en los muros; no son para todos los públicos.
A corta distancia, Mondello ofrece una playa de arena clara entre dos promontorios, ideal para el calor. Abril, mayo, septiembre y octubre son los meses más agradables, porque el verano es muy caluroso. Camina mucho: el centro es compacto y conducir por él no compensa.