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Hay viajes en tren en los que la ventanilla es el verdadero destino. Descubre trenes panorámicos y turísticos que cruzan los Alpes, los Andes o las Rocosas, y líneas históricas más cercanas para recorrer el paisaje sin prisa.
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Suiza es la capital mundial de los viajes en tren. El Glacier Express une Zermatt con St. Moritz en una travesía de todo un día, con vagones de grandes ventanales que pasan por el puerto de Oberalp y por decenas de puentes y túneles. El Bernina Express, por su parte, baja desde los glaciares del Engadina hasta las palmeras de Tirano, ya en Italia, por una línea declarada Patrimonio de la Humanidad. Por el camino destacan el viaducto de Landwasser, que se lanza contra un túnel en plena pared rocosa, y el viaducto circular de Brusio.
Noruega tiene un trayecto corto y espectacular: el tren de Flåm desciende desde las alturas de Myrdal hasta el fiordo, junto a cascadas y laderas vertiginosas. En Escocia, la West Highland Line cruza páramos solitarios hacia Mallaig y atraviesa el viaducto de Glenfinnan. En España, el tren de Sóller enlaza Palma con los valles de naranjos de la Serra de Tramuntana en coches de madera, y el Transcantábrico recorre la cornisa norte con el encanto de un hotel sobre raíles.
Otros continentes elevan la apuesta. En Canadá, el Rocky Mountaineer cruza las Montañas Rocosas entre Vancouver y Banff, y en Nueva Zelanda el TranzAlpine atraviesa los Alpes del Sur de costa a costa. En Argentina, el Tren a las Nubes sube desde Salta hasta el viaducto de La Polvorilla, a más de cuatro mil metros. India conserva el pequeño tren de vapor de Darjeeling, también Patrimonio de la Humanidad, serpenteando entre plantaciones de té.
Elige con cuidado el lado del vagón: en muchos trayectos, las mejores vistas se concentran en una de las ventanillas. Viaja con luz de día, lleva algo de comer aunque haya servicio a bordo y olvídate del reloj. Aquí no se trata de llegar antes, sino de mirar más.