Turquía
Terrazas blancas de travertino y las ruinas de Hierápolis hacen único Pamukkale. Descubre cómo visitar este tesoro natural de Turquía.
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Su nombre significa «castillo de algodón» en turco, y al verlo desde lejos se entiende al momento: una ladera entera cubierta de blanco, como una montaña nevada en pleno interior de Anatolia. Son depósitos de carbonato cálcico dejados durante miles de años por aguas termales que brotan de la montaña y forman piscinas naturales escalonadas. Se recorre descalzo por un sendero marcado, sintiendo el agua templada bajo los pies. Bañarse en sus pozas es lo que todo el mundo recuerda, aunque solo algunas zonas lo permiten para proteger el travertino, cuyo estado varía según el caudal.
Muchos llegan solo por las terrazas y se sorprenden al descubrir arriba una gran ciudad antigua. Hierápolis, fundada en época helenística y muy próspera bajo Roma, fue un balneario famoso por sus aguas curativas. Su teatro romano, muy bien conservado, tiene vistas al valle. Por la avenida porticada y la puerta de Domiciano se llega a una extensa necrópolis, con centenares de tumbas y sarcófagos que muestran la popularidad del lugar entre quienes venían a curarse. El conjunto completo es Patrimonio de la Humanidad.
En el recinto se puede nadar entre columnas romanas sumergidas en agua termal, en la llamada piscina antigua. La relación con la reina egipcia es pura tradición popular, pero la experiencia de bañarse entre mármoles es singular.
Evita las horas centrales, cuando el reflejo del blanco es intenso y llegan los grupos. Lo mejor es madrugar o quedarse al atardecer, cuando las terrazas toman tonos rosados. Lleva gafas de sol, protección solar y una bolsa para el calzado. Es también buena idea dormir en el pueblo y no solo venir de excursión.
La ciudad de Denizli es la referencia más cercana para llegar en autobús. Pamukkale combina muy bien con Éfeso y con Afrodisias, otra gran ciudad antigua de la región. Primavera y otoño son las estaciones más agradables.